POR JOSÉ ABREU FELIPPE
Especial/el Nuevo Herald
Para finales del siglo XIX la electricidad, popularizada por Edison, alumbraba ya muchos hogares, pero en plena época de puritanismo victoriano la oscuridad iba más allá del alumbrado público. El cuerpo humano en sí era pecaminoso, en especial todo lo relacionado con el sexo y la mujer, que llegaba a desconocer su propia naturaleza. Se hablaba de una enfermedad que afectaba fundamentalmente al sexo femenino: la histeria. Freud y Breuer llegarían a publicar, hacia 1895, un estudio sobre ese padecimiento. La “enfermedad” se trataba entonces en los consultorios médicos con “masajes terapéuticos” para provocar el “paroxismo histérico”. Es decir, el orgasmo, ya que se trataba, sencillamente, de una masturbación. La revolución comenzaría hacia 1880 cuando el médico británico Joseph Mortimer Granville (1833-1900), al que se le atribuye el invento, populariza, aprovechando el uso creciente de la electricidad, un artilugio de forma fálica que sustituiría al masaje manual, el vibrador.
Sobre esa época e inspirada en ese tema como asunto central, la escritora norteamericana Sarah Rutl (1974), que se declara feminista “desde que me puse tacones por primera vez”, escribe en el 2009 In the Next Room (or the Vibrator Play), que resultó al año siguiente finalista al Premio Pulitzer y que ahora se presenta en On. Stage Black Box del Miami Dade County Auditorium como El cuarto de al lado, dirigida por Larry Villanueva en una producción general de Alexa Kube.
Francisco Javier Fernandez
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