Por Max Barbosa - www.TeatroenMiami.com
No se oían voces humanas. Sólo existía la belleza, la paz y la grandeza de la muerte.
Del cuento Tres rosas amarillas de Raymond Calver (1939-1988), calificado como “ el Chejov americano”, al mencionar la muerte de este.
No fue gratuito que al ocupar nuestras sillas vimos en el escenario una calavera sentada en un balance, es Chejov, cuyo espectro- y el sentido de la muerte-, estará presente durante la representación. Olga Knipper (Carmen Albernas), su viuda, tiene que recurrir a él, al contexto, para “sentir” que actúa. Masha ( Nabilah Feh) y Aleko (Joel Lara) tratarán de complacer a quien fuera Primera Actriz del Teatro de Arte de Moscú. Por esta condescendencia surge el conflicto que cada uno asumirá según su clase social. Olga se mueve en la ficción exclusivamente. Masha sufre por las personas que están siendo masacradas mientras ellos tratan de ensayar El Jardín de los Cerezos en pleno Domingo Sangriento. Aleko: Olga, a mi me gusta actuar. Me hace feliz, pero me da vergüenza ser feliz. Es noble, millonario y expresionista; o sea, el comportamiento del personaje-actor. Por eso, al intentar reconstruir la muerte y pasajes de la vida de Antón, en espera de la llegada del resto del elenco, se hace inevitable que el intercambio de roles explote, aflorando los pensamientos individuales con la verosimilitud requerida mediante las actuaciones. Texto y representación al unísono. Los signos escénicos unidos al sustento de la escritura: el vestuario les pertenece, no son “disfraces”, al decir de Ernesto García. Los telones que conforman la escenografía (“casi en extinción”, según Sanchis Sinesterra), sugieren sombríamente los cerezos y gaviotas chejovianos, al igual que el diseño de luces. No estamos en celebración. Ningún deseo de reflejar la época como tal, pero está presente. Si al leer la obra consideramos que Guillermo Calderón pretende desarrollar el acontecimiento sólo en el espacio escénico, Larry Villanueva desplaza a Masha entre los espectadores a modo de enfatizar que ella es la única que mantiene contacto con lo extra-escénico. De la misma manera que Olga interpreta el monólogo inicial (excelentemente actuado por Carmen) para acentuar la ficción teatral que ella representa, Masha enuncia el final (excelentemente actuado por Nabilah) retornándonos a la realidad que nos arropa sufrientemente. Calderón aprovecha la oportunidad para arremeter contra la desigualdad social. Por cierto, si conoce el cuento de Calver, tal vez sonría por eso de No se oían voces humanas...
Francisco Javier Fernandez
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